Este no es un post que conmemora a un ‘jugador olvidado’ por
la falange roja. Imposible para considerarlo así para quien les escribe, quien
la primera vez que oyó hablar de ‘Frutos’ tenía ocho años y comenzaba a ser
consciente de porque su abuelo gritaba como desaforado mirando al televisor y
que representaban esas banderas rojas que colgaban en diferentes rincones de su
casa: Ingresaba en el corazón el comprender el sentimiento que conlleva ser
hincha de Independiente.
En aquel contexto me adentré en la campaña del equipo
transcurriendo el Apertura 2005. Los lujos pioneros de un joven Sergio Agüero,
la mirada rancia de Julio César Falcioni desde el banco de suplentes, banderas
rogando una lesión para Bernardo Leyenda (?) y nuestro protagonista, Nicolás
Frutos, iluminando el ataque de ‘El Diablo’ cual gladiador: Su imponente
altura, su rubia melena al viento y su fuerte pisar ofensivo lo hacían
encarnar, dentro de la fantasía del partido a partido, una especie de
superhéroe fuera de serie. Una especie de figuritas difíciles del inconsciente
colectivo futbolero que, tras pasos un tanto esquivos y otros tantos fugaces
por San Lorenzo, Nuevos Chicago, el fútbol español y Gimnasia La Plata se había
reinventado, a sus 24 años, en un ‘Rojo’ que ilusionaba. Fue actor de reparto
en la histórica goleada 4 a 0 a Racing, donde un hat-trick suyo le abrió las
puertas al desorbitante tanto de ‘El Kun’ y condimentaba los cotejos restantes
de aquella escuadra con una interesante efectividad goleadora.
Sorpresivamente, entre gallos y medianoche, el torneo aún no
concluía, Frutos era el goleador del mismo y, sin embargo, armó las valijas y
voló hacia Bélgica, donde se convirtió en casi una leyenda del Anderlecht.
Independiente sintió su ausencia y se desplomó hacia el final de aquella
competición. Frutos y Agüero, que tan bien se complementaban en ataque, fue una
dupla que no duró lo suficiente. Compañeros de aventuras por un tiempo corto,
de no ser por los suculentos euros que los belgas desplegaron para forzar un
adelantamiento de la transferencia, quizá hoy tendríamos un título local más en
las vitrinas.
Claro que tamaña decisión conllevó un enojo latente en sus
pares. Lucas Pusineri, capitán en aquel entonces, se mostró desentendido de su
partida, cuestionando partir rumbo al Viejo Continente con un equipo con
chances latentes de campeonato. Una polémica comenzó a caminar sobre el césped
de la Doble Visera, causa de los representantes de Frutos y sus negociaciones
para con el pase: Se decía que, causa de la pertenencia menor en términos
contractuales que Frutos mantenía con la institución, Independiente apenas
percibiría un vuelto de todo este asunto. Y mientras la hinchada se miraba
sorprendida y, desde ya, enojada por aquel manejo, Frutos respondía que ‘hay cosas
que, como hincha, uno no puede entender’.
De golpe nuestro héroe se torna villano, o algo parecido.
Posteriormente las heridas sanan y de él quedará esencialmente su triplete en
el clásico y algún gol aventurado en aquel ya lejano torneo. En cuanto a mí, en aquel entonces, no logré
interpretar demasiado lo sucedido. Frutos estaba un día y al otro no. Se fue. Y, por cómo se escuchaba el asunto, parecía que no iba a volver
jamás.
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